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 EL GUAPO’Y (Higuerón - Traga Palo)

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David Cortizas

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Fecha de inscripción : 24/12/2009

MensajeTema: EL GUAPO’Y (Higuerón - Traga Palo)   Mar Jul 13, 2010 1:23 am

EL GUAPO’Y (Higuerón - Traga Palo)

Cuando está crecido, es un árbol imponente, de grandes hojas ovaladas y gruesas. Sus ramas y sus raíces son vigorosas aunque sus frutos son pequeños higos que los pájaros comen y luego deyectan las semillitas en las horquetas de los demás habitantes vegetales. Allí, la minúscula simiente germina y crece alimentada por sus propias raíces aéreas, sin robar la savia del amigo que lo sostiene. Se sustenta como la Flor del aire. Poco a poco, sus largas raicillas bajan engrosándose hasta ser poderosas como troncos. Al llegar a tierra, se afirman y toman más fortaleza. Entonces, se convierte en sólido árbol que ahogará a su anfitrión. No es un parásito chupador de la savia ajena. Es que, siendo tan cariñoso, sus afectos tienen tal vigor que ahogan en sostenidos abrazos. Muchas veces, los pajaritos defecan en las propias horquetas del Guapo’y. Las semillas tragadas el día anterior, germinan allí y crecen abrazándose al padre, con peligroso cariño. Eso le da la mala fama que tiene para endilgarle todos los estigmas posibles: Traga palo, Asesino, Traicionero, Desagradecido y otros epítetos antojadizos. Y, verdaderamente es un constrictor vegetal, que luego de aprovechar la hospitalidad, estrangula lentamente a su anfitrión. Aún así, ¿acaso puede hablarse de maldad entre los árboles? Ninguno lleva ése sentimiento en sus savias. Se trata solamente del impulso de sobrevivir.
Pero, desde otros aspectos, el Guapo’y, ofrece varias bondades. Machacando sus ramas, se extrae un líquido lechoso muy bueno como purgante que también combate la anquilostomiasis y otros parásitos intestinales. Si crece en el suelo, se transforma en gigantesco árbol, capaz de cobijar bajo su sombra lo equivalente a una casa. Además, pueden ser usados sus perfiles como metafórica figura en la que, una insignificante semilla, abate al más fornido árbol o destruye un antiguo edificio, si no se toman precauciones.
Sin dudas, el Guapo’y es de cuidado. Siendo sus higuitos muy apetecidos por los pájaros, su población aparece por todas partes. Al hacerse ciudadano, no desprecia ningún lugar para echar raíces. Sus diminutas semillas se instalan en la corteza de árboles, en techos y rajaduras de paredes. Si se las deja crecer a su arbitrio, hasta derrumbará la casa. En ése caso: ¡Cuidado! Ha nacido un gigante. La pequeña plántula puede estar agazapada en cualquier sitio y su desarrollo conlleva muchos riesgos, ya esté en intersticios de la vereda, muralla, zócalo, techo o cualquier otro lugar. No respeta ni los edificios históricos. Por supuesto, él nada conoce de historias, sólo sabe que ésas casas antiguas les ofrecen murallones de adobe, ideales para germinar y crecer. En cuanto alcance la feracidad de la tierra, sus raíces podrán hender las paredes o lo que fuere. Aunque su madera es blanda, casi fofa, en la medida de su crecimiento, sus raíces se constituirán en poderosas garras.
Conozco muchas historias sobre el Guapo’y, además de una hermosa leyenda aborigen. Recuerdo que, a poca distancia del casco de una estancia en Tava-i, había uno tan grande que parecía un galpón. Según me contó el Capataz, creció ahogando a su protector, una palmera de Yata-i, para convertirse en árbol de grandes dimensiones con un enorme espacio de sombra. Copudo y útil, un día, por estar sobre suelo muy arenoso, intensas lluvias aflojaron sus sostenes y una tormenta lo derrumbó. Pero, sin amilanarse, con sus raíces al aire, improvisó otras que sirvieron de anclaje y sustento. Acostado, siguió manteniendo su monumental cáliz. Lo utilizaban como lugar de desensille de los montados, para dejar a su sombra el sulky o el carro, y como depósito de postes que se apilaban parados entre sus innumerables y gruesas raíces formando un verdadero laberinto, refugio de cluecas y otros animalitos. Era realmente portentoso el servicio que prestaba a la peonada durante los momentos de descanso y espera.
En la ciudad, es combatido en toda forma. Es cierto que, si se lo deja prosperar, los daños causados son importantes pero, muchas veces, es la misma desidia del propietario, la que permite que se ocasione el perjuicio, por no sacarlo a tiempo de su pared o techo. La culpa no es sólo del árbol. Es común escuchar el ulular del viento entre sus hojas, como es común que se le endosen las peores calumnias. El Guapo’y no se inmuta por ello, sigue siendo un constrictor vegetal, una boa que va ajustando sus anillos en lento y letal crecimiento, pero se trata de la sobre vivencia.

El árbol cruel (iguapohú)
En la selva correntina existe un árbol de antipática y mortal exuberancia: el llamado higuerón, o 'iguapohu' en idioma guaraní. Es un árbol alevoso y cruel, que parece poseer un alma humana. Los loros al detenerse en la copa de los yataís o palmeras para comer sus frutos llevan con ellos, sin saberlo, la simiente del higuerón, que dejan en sus hojas. La atmósfera ha depositado entre estas hojas una pequeña cantidad de tierra, que humedece la lluvia.
Ésta y el calor solar se encargan de hacer florecer la siembra de los loros, y en la copa del yatay nace al poco tiempo una fina enredadera que el viento hace oscilar. La enredadera, débil y frágil, va rodeando el tronco en amoroso abrazo, hasta que alcanza el suelo. Una vez que lo toca echa raíces y se transforma en árbol. Entonces la esbelta y tímida enredadera engruesa considerablemente y su contextura se hace leñosa. Las espirales, antes tiernas y quebradizas, se robustecen apareciendo como un tronco de parra unido al pie de la palmera.
Se extienden más sus raíces en el subsuelo y aumenta entonces el volumen de sus anillos, convirtiéndose en una verdadera boa constrictor, que con sus espirales leñosas oprime al pobre yatay que le dio vida y apoyo cuando era débil. Sigue en su enroscamiento y constricción hasta que la pobre palmera, oprimida y estrangulada, desfallece, se seca y muere en el interior del nuevo árbol, salido de ella para ser su verdugo.
La primitiva enredadera ha confundido ya sus anillos leñosos en un solo tronco cuyas ramas se extienden por todos lados. Solo en el vértice unas hojas de palmera secas y muertas, que esperan un huracán para esparcirse. El resto, o sea el tronco, queda sepultado para siempre en leñosa mortaja dentro de las entrañas del gigante asesino. Dícese que este higuerón alevoso y cruel, modelo de ingratitud, tiene un alma humana. (Mitos y Leyendas, Instituto Vuelta del Ombú, Virasoro, Corrientes).






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